
Impasible, frente a mi, se encuentra Avenida Cabildo. Me apoyo contra el poste del cartel que indica el nombre de la calle que corta la avenida, para descansar y por otra parte para recibir un poco de luz solar, que tanto bien hace en las mañanas de invierno.
Kilos de acero, caucho y pavimento parecen ignorar a cada una de las personas que estamos haciendo no sé que cosa, pero estamos compartiendo, aunque sea por un minúsculo momento de nuestra existencia, parte del día en esa porción de ciudad.
El semáforo cambia de color, primero amarillo, luego verde, pero decido quedarme donde estoy.
Realmente no sé si lo que quiero es cruzar la calle, tampoco sé si quiero quedarme un rato más parado de este lado. Esa suerte de indecisión, es la que recorre mis venas hace semanas. Indecisión que adormece cada uno de los sentidos, cada una de las acciones, cada uno de los pensamientos.
La dejé. No sé como pero la dejé... Y ese fue el principio del final.
Empiezo a mirar hacia la vereda, pero me doy cuenta que en realidad no estoy mirando. Estoy recordando. Apelo a mi memoria para transformar en realidad cada uno de los olores que sentía al hacer el amor. Transformar en realidad cada una de las imágenes que, por más que intento, no puedo borrar de mi retina. La suavidad de su piel, la ternura de su mirada, la calidez de sus palabras, la fragilidad de sentirme único entre sus brazos, y la frialdad del momento de decir adiós.
Un bocinazo me sorprende. Un colectivero indeciso decidió ocupar el carril rápido y un conductor con poca paciencia decidió que era hora de hacerse escuchar.
Dejé de lado (por un momento) los recuerdos y decidí que tenía que recorrer un rato la ciudad. Caminé unas pocas cuadras hasta el tren y, sin sacar boleto, me subí al primero que encontré disponible. Por suerte había muchos asientos disponibles y el guarda no estaba con ganas de trabajar, por lo cual no iba a tener que estar atento a posibles controles. Me calcé los auriculares, y de a poco empecé a perderme en los colores de cada una de las casas, calles, autos y edificios que sugiere la vista al transitar en vagones las vías.
Tras varios minutos estaba literalmente perdido. No sabía ni hacia donde estaba yendo el tren ni en que estación nos estábamos por detener. La situación me hizo recordar a lo que estaba pensando unos minutos antes de subir al tren. Absorto en los recuerdos de ella.
Ella... Una vez más. En mi sueños, en sus fotos. La veo alejarse, lentamente, como cuando un ser amado se sube al tren, en un viaje inevitable lejos de donde toda la gente y de su ciudad.
Entre muchas casas bajas, algunas edificios se destacan por su altura y su presencia. Y eso me recuerda a aquellas noches en que nos quedábamos hablando con las persianas abiertas y las luces apagadas. Apenas podía ver su cara, o sus ojos. Pero lo más reconfortante era saber que podía encontrarla en la oscuridad.
A veces estábamos sentados, pero la gran mayoría de las veces estábamos acostados en el sillón. Con o sin ropa. Muchas veces hablábamos. Muchas otras callábamos. Muchas veces hacíamos el amor. Muchas veces, solo nos abrazábamos. Pero en el fondo, lo más reconfortante era saber que podía encontrarla en la oscuridad.
De repente el tren se detuvo: "Por problemas técnicos, todos los pasajeros deben descender de esta unidad".
Estación Malaver y un frío de cagarse. De este lado de la ciudad, por lo viso la luz solar no llegaba o no se animaba entrar. No estaba apurado, por lo cual me crucé de andén y me senté, como muchos otros pasajeros que estaban en la misma situación que yo. Algunos esperaban resignados. Otros puteaban a la empresa. Otros preguntaban que colectivos los podía alcanzar hasta sus destinos inciertos.
Me senté en un banco, lo más lejos posible de la gente: por un lado prefiero estar solo y por el otro, en estos minutos de espera, seguramente alguien se iba a poner a fumar, por lo cual opté por preservar mi derecho a pensar un rato y a respirar.
No recuerdo bien cuando tomé la decisión de decirle que lo nuestro no iba más. Ni siquiera recuerdo haberlo dicho. Creo que ni siquiera tuve las agallas, el coraje o el valor de haber abierto la boca para pronunciar palabra alguna.
Me avergoncé una vez más a mi mismo. Cerré los ojos y el viento del invierno me empezó a calar los huesos. Me empezó a entrar por las piernas, por debajo de buzo, a través de la bufanda, y finalmente ingresó en mis ojos, que lentamente, varias lágrimas dejaron escapar.
Solo, en el culo del mundo. Congelado por el invierno y el puto tren que estaba sin servicio.
Me sequé la cara. Puse la mente en blanco, traté de evitar el gusto a sal que ya sentía en mis labios. Escondí la mirada, pero no pude evitar que aflorara el desencanto con mi persona. Curiosamente, en el reproductor de música empezó a sonar: "Who I am hates who I've been" de la banda americana Relient K. No debe haber sido demasiado casualidad: "...'cause don't want you to know where I am, 'cause then you'll see my heart, in the saddest state I've ever been...".
Eso lo resumió todo. No pude evitarlo, necesitaba hacer algo, necesitaba empezar.
El cielo abrió. Un poco. Al menos, mi cuerpo empezó a sentir el calor del Sol. A lo lejos, se vió la imagen de un tren. Pensé en dejarlo pasar, pero cambié de opinión. Me subí, y nuevamente estaba vacío, a pesar de la demora. La ciudad pasaba ante mi ojos. Una vez más me tocaba crecer y volver a empezar. Stop.
"You're the Northern Wind,
sending shivers down my spine.
You're like fallen leaves,
in an autumn night."
City and Colour - Northern Wind
1 comments:
me gustó mucho. ahora, cómo te gustan los trenes, eh?
tu viejo.
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